sábado, 31 de diciembre de 2016

2016, qué decirte

Como cada 365, me has dado cosas buenas y no tan buenas. Me has dado, en fin, más vida. Y por eso te estoy agradecida. Lo peor lo voy olvidando, dejándolo atrás porque no me sirve para absolutamente nada, el aprendizaje ya lo he hecho y se queda conmigo.

Lo bueno es que me he reído hasta llorar, hasta dolerme la barriga; que he engordado, porque he sido súper feliz comiendo; he ido al cine, aunque reconozco que no tanto como me hubiese gustado; he salido de fiesta, a pesar de que cada vez noto más cómo me hago mayor y el cuerpo me pide noches de relax; el verano ha sido un no parar (¡imagínate!: he tocado por toda Galicia); me he graduado más orgullosa de mí misma que nunca y segura de lo que valgo; he retomado el inglés y el italiano (bella cosa, that one!) y he seguido tatuándome, porque creo que ahora ya no puedo parar.
He leído exactamente 19 libros, aunque no he conseguido superar el reto lector que me habíamarcado. Has logrado, una vez más, que conserve amistades y se hagan -si cabe-, más fuertes (que el frutipremio a la frase del año me lo llevo yo, ¿sabes?). No has dejado que la distancia haga el olvido; y he podido acercarme más a personas que ya conocía, pero no sentía. ¡Y vaya si ahora las siento!...

He viajado más de lo esperado y ha sido realmente increíble. Me he encontrado con personas a lo largo de los meses que me han confirmado lo que ya sabía: que cada vez disfruto más de la gente. Por supuesto me he enfadado, he discutido y he perdido las formas, pero también he sabido reconocer que lo he hecho, y que tengo que seguir trabajando para cambiar eso. He bailado hasta que me han dolido los pies, sea o no con Enrique Iglesias: en una discoteca, en la calle o en la soledad de mi habitación. Además, nunca he dejado de escribir, porque supongo que un año más, he logrado no perder mi esencia, y créeme cuando te digo que has sido el que más difícil me lo ha puesto desde hace bastante: me has hecho verme en situaciones en las que he llegado a no reconocerme en el espejo. Y me estaba empezando a preocupar.

Pero he cumplido 22, y sigo con la misma ilusión de cada año de vida por las pequeñas cosas: por las personas, los instantes y las sensaciones que no cambio por nada, porque al final de esos tres factores se compone nuestro paso por aquí. Me despido de ti contenta, porque eres uno más en mi historia y sé que todo lo que he hecho lo he hecho con pasión, que cuando he querido ha sido de verdad y que no ha faltado corazón en mi día a día. Así que, 2016, ¡gracias y hasta siempre!


Y desde luego son muchas las canciones que me han acompañado este año, pero la del mes de diciembre es sin duda alguna Everglow, así que la dejo en representación de toda la música que me ha hecho sentir, bailar, llorar y cantar como una loca.

martes, 29 de noviembre de 2016

KNOW YOUR WORTH

Nadie va a hacer nada por ti. Nada va a venir solo y se va a quedar sin cuidarlo. Nunca te van a querer como te quieres.
Alguien te fallará, seguro. Algunas cosas son cuestión de suerte, pero la suerte también se crea. Siempre te vas a tener a ti por encima de todo.
Lo que hay que hacer es superar lo malo y quedarse con lo bueno, con actitud positiva, porque la gran mayoría de cuestiones en esta vida son, precisamente, cuestión de actitud. Cuestión de querer comerse el mundo, de seguir siempre adelante, sin perder la fe en una misma.
El azar, el destino, las casualidades, los dioses, las fases de la luna, y todo aquello que nos decimos a diario para encontrar un sentido a algo de lo que pasa por aquí, son solo un cincuenta por ciento de la realidad. La otra punta del iceberg es que el esfuerzo tiene su recompensa, el dar sin pedir conlleva grandes regalos y solo puede existir una relación de verdad cuando ésta se basa en la confianza y la seguridad.
Cuando estás bien contigo misma, puedes entonces estar bien con lo que te rodea. Cambiar de dentro hacia fuera, de lo pequeño a lo grande, de lo conocido a lo incierto y de conocerse uno para darse a conocer, y para conocer todo lo demás.

Ser conscientes de nuestro valor, y que esa sea nuestra prioridad.


Dejo por aquí lo nuevo de Mike Perry, ¡que me gusta mucho!

miércoles, 2 de noviembre de 2016

New York

Lo cierto es que han sido solo cinco días, y que se han pasado en un abrir y cerrar de ojos. Pero como todo lo bueno, termina; y como todo lo que te enseña algo y que disfrutas, resulta intenso. 
Ha sido la primera vez que salgo de Europa, y ha sido extraño y emocionante. A pesar de que ningún otro lugar en el mundo más allá de mi cama me haga sentir en casa al cien por cien, cada nuevo viaje que realizo hace que me considere más parte del mundo, y me hace entender que un hogar puede estar en cualquier parte del planeta, y que cualquier parte de ese planeta puede hacerte sentir bien y sentir tú de una manera explosiva.

Supongo que esa es la magia de viajar...


Con cada nueva aventura más tiempo quiero estar fuera, porque, ¿qué sentido tiene no ver mundo? Si solo te da cosas buenas y te ayuda a crecer, a entender y a aprender.
Y cada vez disfruto más de las personas, y de la buena compañía. Porque necesito compartir lo que pienso y siento con alguien. Para mí, la vida es mejor así. Y cada año que viajo acompañada colecciono recuerdos maravillosos e imborrables, que sin duda no serían igual en soledad.


Nueva York me ha parecido de película. Y no es raro. Tantas y tantas personas lo dicen.  Al final lo ves así quieras o no, pero es que es cierto. Nunca olvidaré la primera vez que salí del metro hacia esos edificios interminables, esas luces tintineantes y ese bullicio, que nunca calla, que como ya sabes antes de vivirlo, nunca duerme.
Es una ciudad de contrastes: rascacielos e iglesias; puestos callejeros de comida rápida y restaurantes elegantes; gente de traje y mendigos en cada esquina; diversidad cultural en cada vagón del metro; barrios que no tienen nada que ver pero en los que siempre encuentras algo en común; arte callejero y un parque que siendo el pulmón de la ciudad, irónicamente, huele a mierda de caballo.
En Nueva York me he topado con pequeñas cosas dentro de esa bestial amplitud que posee la ciudad por su propia naturaleza, que son la clase de cosas que me llegan y me hacen entender la belleza del mundo, y me hacen disfrutar de la vida, y querer seguir viviéndola.
Y sin creer en el destino, creo en las casualidades. Y además de haber escuchado un par de canciones "de casualidad" por tierras americanas, nos encontramos con esta frase en un banco de Central Park -también, vaya, de esa maravillosa canción que todos conocemos- que no podría resumir mejor lo que pienso después de haber visitado Nueva York y volver a dormir en mi cuarto.


lunes, 17 de octubre de 2016

Con 21

Este es un texto que escribí hace pocos meses. Anteriormente, ha habido en este blog un texto al año, haciendo un autoanálisis de mi misma, y es curioso comprobar cómo he ido cambiando, y creciendo. No están ya por aquí, los guardo para mí, pero encontrándome cada vez más cerca de los 22, me apetece dejar por aquí mis 21...

Con 21. Pero con 21 esperando los dos patitos. No esperando de esperar, no porque los desee o los visualice, sino porque sé que se acercan, y como tantas otras cosas que no tenemos porqué desear en la vida, acaban llegando.

Maduras. Sales de la adolescencia y echas la vista más hacia adelante que hacia atrás. Sí, claro, sigo mirando al pasado de reojo, es inevitable, pero la mayor parte del tiempo me planteo qué hacer de mí, qué pasará después, cómo será mi rumbo, si me equivocaré más que si me he equivocado.

A nada de cerrar otra etapa, de cuatro años que se han pasado en un santiamén, que los 21 también suponen eso: que cada vez el tiempo pasa más deprisa, que cuando te das cuenta de que tu helado era de fresa ya te lo has acabado, y casi, casi, ni lo has saboreado.

Que he cambiado, y menos mal. ¡¡¡Menos mal!!!
Que soy más egoísta. No que me quiera más -que también-, sino que me priorizo. A mí y a mis necesidades. Y sí, lo es. Es egoísta, aunque muchos digan que no, aunque la gente lo pinte de "amor propio". Puedo amarme como nunca sin sentirme egoísta, y sin embargo, en ocasiones me creo egoísta, pero soy más feliz así. Quién sabe si con el tiempo dejaré de verlo como algo positivo.

Y es que estaba cansada. Cansada de ser la tonta, de sentir que haciendo lo mejor los demás no le daban importancia, y de querer hacer cosas por personas que no movían un dedo por mí. Dejé de darme a los que no se me dan. Y alegre por ello.

Que a veces soy muy metepatas, y muy rancia. Y que no me gusta esa parte de mí. Porque lo que en realidad me gustaría es ser siempre esa sonrisa, esa luz y esa actitud positiva para los demás, No tener siempre buenos días, porque es imposible, pero sí dejar las malas caras cuando nadie tiene porqué sentirse mal por mi situación interior.

Por otro lado, creo que poco a poco pero segura voy venciendo miedos e inseguridades. Que son las que siempre me han impedido hacer lo que realmente quiero, decir lo que realmente pienso y sentirme como realmente debo. Pero eso está cambiando. Poco a poco, ya lo he dicho, pero cambio. Cambio constantemente, y siempre a mejor, y contenta de convertirme en quien me estoy convirtiendo. Y que, además, he descubierto que me apasiona el cambio en sí. Que es natural y necesario.

Y tengo más metas, objetivos, sueños e ilusiones que nunca. Conforme pasa el tiempo, más se me escapa, más lo quiero aprovechar y más intento ser libre e independiente, y tenerme y valorarme como a nadie más.

Me siguen encantando la música, los libros y las películas. Pero lo que más me gusta últimamente es la gente. Pasarlo bien, reírme hasta llorar. Estar siempre rodeada de personas, y viajar y conocer mundo, y beber cerveza en cualquier sitio a cualquier hora. Dar abrazos y besar. Me encanta besar. Qué poder tiene un beso.

Nunca me consideré orgullosa. Jamás. Pero me he descubierto en más de una ocasión no queriendo pedir perdón, o aún haciéndolo, costándome más de lo esperado. Aunque yo tuviese la culpa. Aunque al final sepa reconocer que sí, que he sido yo, que he fallado. Y que aquello de "perdono, pero no olvido" a mi me pasa al revés. Que olvido, pero no perdono. Que se me acaban borrando de la mente los hechos exactos, las palabras, las personas... que me olvido de todo, que vivo tranquila, pero que cuando vuelven a mí, o a mis pensamientos, se abre la puerta del rencor, y algo muy dentro de mí no deja que las cosas vuelvan a ser igual.

Y he entendido que no le puedes gustar a todo el mundo, ni viceversa. Y que eso no es algo malo, para nada. Que no tener enemigos es lo extraño, lo preocupante, y lo que diría que quizá no estés siendo tú al cien por cien y en toda tu esencia.

Y puede que esté dejando cosas en el tintero, pero hace tiempo que tampoco me importa demasiado el orden, que ya no soy tan exacta y aunque sigo haciendo listas para todo, mi letra cada vez es peor. Pero me gusta.

domingo, 16 de octubre de 2016

Tatuajes y "para siempre"

Recuerdo perfectamente el primer día que me hice un tatuaje. Estaba en Italia, con dos amigas, y me había pasado por lo menos dos meses dándole vueltas a la idea. Cuando tuve claro lo que quería -que al final, aunque lleva lo suyo, creo que es lo que menos quebraderos de cabeza da- llegó el pánico real. El miedo a la aguja, al dolor o incluso al arrepentimiento.
Solo un año después de aquello, y con cinco tatuajes más encima, me digo que los miedos están para superarlos, que el dolor en la vida es inevitable y cada uno tiene su propio umbral del mismo.
Pero lo que más me ha llamado la atención de tatuarme es que me ha hecho entender que la vida es demasiado corta como para arrepentirnos de las decisiones que tomamos (hablo, claro está, de las que tomamos de manera personal, sin que haya más personas implicadas). Si lo pienso con detenimiento me parece hasta absurdo que haya tenido que marcar mi piel para darme cuenta de algo así, pero lo cierto es que desde entonces le doy menos vueltas a cosas que no tienen importancia; me ahorro enjambres mentales y me digo que la vida es hoy, es una, y no lo suficientemente larga como para no hacer lo que quieres hacer.
Al final, creo que el cuerpo, la piel, no es más que nuestra propia casa, nuestra coraza a veces, pero precisamente por eso, que somos nosotros. Que mi piel soy yo. Y lo que ella refleja no es más que un reflejo de mí y de mi personalidad, de esa dimensión a la que nadie más que yo puede llegar, y que nadie más puede conocer si no es porque yo quiera.
Creo que cada uno de nosotros tiene una historia, y qué voy a decir, si quien me conoce sabe que me encanta leer. También creo que las personas que se dedican al tatuaje son pasionales, creativas e imaginativas, llevando el arte a un lienzo mucho mayor... y aunque a día de hoy apenas lo haga, de pequeña podía pasarme horas dibujando.


Y que, cuando mi piel se arrugue, lo hagan con ella todas las personas, momentos, sensaciones y cosas que me la han besado, acariciado, hecho erizar, herido...
...porque la piel es piel, y desde luego tampoco se quedará aquí. Ni siquiera los tatuajes son para siempre. Durarán lo que dure tu vida.

sábado, 15 de octubre de 2016

Matar a un ruiseñor - reseña


Título: Matar a un ruiseñor
Autora: Harper Lee
Editorial: B de Bolsillo

Sinopsis extraída del propio libro

Jean Louise Finch evoca una época de su infancia en Alabama, cuando su padre, Atticus, decidió defender ante los tribunales a un hombre negro acusado de violar a una mujer blanca. Novela de iniciación, Matar a un ruiseñor muestra una comunidad, la del sur de Estados Unidos durante la década de 1930, dominada por los prejuicios raciales, la desconfianza hacia lo diferente, la rigidez de los vínculos familiares y vecinales, así como por un sistema judicial sin apenas garantías para la población de color.
Con esta primera y única novela, la estadounidense Harper Lee ganó el premio Pulitzer em 1961. En 1962, el director Robert Mulligan la llevó a la pantalla en una inolvidable película que obtuvo dos Oscar de la Academia: al mejor guión (Horton Foote) y al mejor intérprete masculino (Gregory Peck).

Datos sobre la autora extraídos del propio libro

Harper Lee nació en Monroeville (Alabama, EEUU), en 1926. En 1931, un conflicto racista acontecido en la localidad vecina de Scottboro conmocionó a la sociedad estadounidense. Lee, testigo indirecto de los hechos, se inspiró en este suceso para escribir su única novela conocida, Matar a un ruiseñor, convertida hoy en un clásico de la literatura norteamericana del siglo XX. Amiga personal de Truman Capote, Lee decidió retirarse del mundanal ruido cuando alcanzó la fama. En 2007, recibió la Medalla Presidencial de la Libertad de Estados Unidos por su carrera literaria.


Matar a un ruiseñor es, a día de hoy, de los pocos libros que he releído. La primera vez fue hace dos años, y este 2016 el cuerpo me ha pedido volver a hacerlo.
No se si será por la estrecha relación y aplicabilidad que inevitablemente encuentro con el mundo educativo o porque es una niña la que narra la historia, a través de su inocencia, toques de humor, curiosidad y lucidez. Pero lo cierto es que la obra de Harper Lee me emociona a cada capítulo, consiguiendo que lea las últimas páginas con lágrimas en los ojos. Y es que este libro, para mí, y al margen de contenidos históricos, políticos y sociales, habla de moral, y habla de la diferencia. De esa diferencia que -en el período en que está ambientada la novela- se resume en un conflicto étnico, pero continúa visible hoy en las actitudes de muchos seres humanos hacia esa diversidad existente en el mundo. 
Me gusta también el hecho de que la familia protagonista sea una familia monoparental (con ese eterno Atticus Finch, siempre buscando hacer lo mejor), y que retrate la situación de la mujer en aquella época. 
Un libro que esconde tras su título una metáfora maravillosa, con unos personajes que te llevan a empatizar sin darte cuenta y diálogos que te hacen reflexionar.

Algunas de mis frases preferidas son las que dejo por aquí... (siempre extraídas del mismo ejemplar mencionado al inicio)

-Uno no comprende de veras a una persona hasta que considera las cosas desde su punto de vista...
-¿Cómo es eso?
-...Hasta que se mete en el pellejo del otro y va por ahí como si fuera ese otro.

Te digan lo que te digan, no permitas que te hagan perder los nervios. Procura luchar con el cerebro, para variar...

Cuando un niño te pregunte algo, contéstale. Los niños son niños, pero descubren una evasiva con mayor presteza que los adultos, y las evasivas solo sirven para atontarles.

Tienen derecho a creerlo, ciertamente, y tienen derecho a que se respeten sus opiniones -contestó Atticus-, pero para poder vivir  con otras personas tengo que poder vivir conmigo mismo. La única cosa que no se rige por la regla de la mayoría es la conciencia de uno.

Los ruiseñores solo se dedican a cantar para alegrarnos. No estropean los frutos de los huertos, no anidan en los arcones del maíz, no hacen nada más que derramar su corazón, cantando para nuestro deleite. Por eso es pecado matar un ruiseñor...

De cuando me gradué (10/06/2016)

Todavía recuerdo cuando allá, por tercero de ESO, me dije: “quiero ser profesora”. 
No sé muy bien cómo, o porqué, pero lo sentía dentro de mí. Sabía que los peques me hacían sonreír, me imaginaba levantándome una mañana para ir al colegio a compartir el día con 25 de ellos, y realmente tenía ganas de hacerlo. Lo hubiese cambiado sin pensarlo dos veces por la clase de física, matemáticas o lengua. Pero es cierto, en realidad, lo que la Rebeca de tercero de ESO os diría es que quiere estudiar educación infantil porque le gustan los niños/as. Así de sencillo, y a su vez, así de simplista. La Rebeca que llegó a la facultad el primer año de carrera no era muy diferente. Seguía teniendo su infancia como la mejor etapa de su vida, y quizá por ello, por amor a recuerdos pasados, por buenos recuerdos, estaba allí, asustada, insegura y expectante, en el aula de la segunda planta, rodeada de caras desconocidas.
Soy de las que piensa que el cambiar de carrera es una posibilidad estupenda, que está siempre ahí si sientes que estás fuera de lugar, o que en lo que te has matriculado no es lo que esperabas… sobre todo cuando el sistema está –siempre bajo mi punto de vista- tan mal organizado que no tienes prácticas hasta el tercer año, y hasta que no lo vives en tus propias carnes no sabes cuáles son tus límites y cuáles tus ganas, y no puedes ser capaz de ponerlas en una balanza (pero todo eso es ya otro tema en el que no me apetece entrar, porque hoy es un buen día). El caso es que yo, desde que tuve mis primeras clases en la universidad, entrando en teoría, entrando en autores, encontrándome por suerte con algún que otro profe que me ha enseñado muchísimo, supe que aquello me gustaba. Que también me interesaba. Que poco a poco pero rápidamente, me llenaba. Y puedo decir de corazón que a día de hoy me apasiona. Cuatro años después de aquella incerteza, digo feliz que me apasiona el mundo educativo, con sus cosas buenas, y sus cosas malas. Me apasiona la infancia, y me apasiona hasta el punto de querer cambiarla en todos aquellos aspectos que todavía quedan por mejorar. Y por eso quiero ser profesora.
Quiero ser un apoyo y una guía. Quiero ser seguridad, empatía y cariño.
Quiero ser creativa, imaginativa y sorprendente. Quiero que los peques tengan ganas de entrar corriendo en clase, de querer ir al cole un lunes, de sentir curiosidad.
Quiero ayudarles a comprender sus emociones y a tratar con ellas. Que sepan vivir, no que sean felices. Que entiendan que la vida es sentirse contento, triste, frustrado o nervioso, pero no estar siempre alegres. Y que todo ello puede ser positivo si sabemos trabajarlo.
Quiero hacer de un aula un mundo nuevo. Quiero repensarla todos los días, a todas horas: cómo mejorar, cómo llegar a…, qué cambiar, qué dejar, qué eliminar. Dar al ambiente educativo el papel que creo debe tener.
Quiero ofrecer normas y libertad. Deberes y derechos. Quiero que exista la capacidad de ser, de expresarse, y de actuar de manera autónoma e independiente. De no sentirse juzgado. Pero también quiero que haya respeto y amor, que seamos conscientes de que vivimos en sociedad, y de que la libertad de uno acaba donde empieza la del compañero.
Quiero ser capaz de atender a la diversidad, a las necesidades individuales de cada uno. Enriquecernos con nuestras diferencias. E intentar llegar a cada una de esas diferencias de la manera más adecuada posible.
Quiero escuchar. ¡Cuánta falta hace escuchar a la infancia! Y quiero más: quiero que otros la escuchen, quiero que los peques sepan que tienen que ser oídos, y que tienen voz. Quiero que quieran tener voz, y que quieran ser escuchados. Y si se hace complicado, quiero que sepan que ahí voy a estar yo, luchando con y por ellos, por sus derechos, que tanto se olvidan…
Y quiero, por tanto, saber lo que ellos quieren, o lo que no. Ser esa persona que aprende junto a ellos, no la que enseña en el sentido tradicional de la escuela y la palabra.
Quiero que jueguen. Muchísimo. Que disfruten de sus tres, cuatro y cinco años…
Quiero estar siempre en constante cambio. No quiero dejar de aprender nunca, de formarme nunca, de autoanalizarme y de tender a la mejora. Porque la escuela es sociedad, y la sociedad está en constante cambio también.
Quiero querer a las familias. Quiero que sean parte de esto, que no haya barreras. Quizá que haya límites, porque cada uno es profesional en su campo, pero que entendamos que juntos, colaborando y dialogando, es el único modo en que los peques saldrán beneficiados. Y que es muy interesante la cooperación, porque tenemos mucho que aportarnos. Y que también para ellas quiero estar ahí, dando de nuevo seguridad y empatía.
Quiero trabajar en equipo. Con más profes y con el personal del cole. Quiero aprender de mis compañeros, y poder dejar que aprendan de mí. Intercambiar vivencias, opiniones… debatir, quizá discutir a veces, pero siempre tratando de dar lo mejor de mí, y de obtener lo mejor de los demás.
Quiero que mi aula esté abierta a la comunidad. No quiero que el cole sea algo aislado de la realidad que se vive fuera de él. Quiero que el cole sea vida. Un reflejo y una proyección de ella.
Quiero estar motivada, ilusionada, esperanzada. No quiero perder nunca de vista mis utopías. Y aunque me canse, quiero recordar que tengo una labor importante, una labor educativa y social, que ayude a crecer a las personas del hoy y del mañana.
Y quiero equivocarme. Porque así es como aprenderé, y porque el error es natural, es necesario y no es algo malo. Sino todo lo contrario. Y quizá por eso lea todo esto en unos años y esté en desacuerdo conmigo misma, o me haya olvidado de poner tantas y tantas cosas que quiero, porque lo cierto es que quiero muchas. En este terreno sí soy ambiciosa.
Y, ¿sabéis? Quiero ser la mejor en lo mío. Pero como pude escuchar decir hace poco a Mar Romera: “ya soy la mejor en lo mío”. Y eso nadie me lo puede discutir. Porque si doy siempre lo mejor de mí misma, mi cien por cien, mis cinco sentidos y el corazón, estoy siendo mi mejor versión. Así que sí, voy a ser la mejor en lo mío.
Y después de este manifiesto, no puedo acabar mi discursito sin decir que han sido cuatro años efímeros, y que han sido sin duda mi mejor etapa hasta el momento. He llorado, me he enfadado, me he frustrado y ha habido adversidades por el camino. Pero nunca he abandonado. Siempre he sido capaz de convertir las cosas malas en motor. Y estoy orgullosísima de cómo lo he hecho. Ha habido también muchas risas, alegrías y momentos de euforia. Me he ido diez meses fuera de España, y en ese período he madurado como nunca en mi vida, he hecho verdaderas amistades, y he aprendido que el cien existe, y es algo que también quiero: no olvidar nunca que el cien está ahí.
Y, por supuesto, he pasado estos cuatro años junto a personas maravillosas que no cambio por nada. Algunas son amigas, otras compañeras, unas están ahí desde primero, otras desde hace poco, pero son personas de las que me voy a acordar siempre, a las primeras que buscaré cuando mire la orla de aquí a diez años, y personas que serán compañeras de profesión, de las cuales me encantará aprender en un futuro, y estar en contacto. No es necesario que os nombre, porque sabéis quienes sois; incluso estoy segura de que hay personas en las que estoy pensando que no saben que pienso en ellas, pero que sí, que os tengo mucho cariño a todos, que me habéis dado una etapa estupenda, de la que me quedo con cosas buenas. Así que gracias y enhorabuena.
Hoy me gradúo y solo pienso en una cosa: quiero ser profesora.