sábado, 15 de octubre de 2016

Matar a un ruiseñor - reseña


Título: Matar a un ruiseñor
Autora: Harper Lee
Editorial: B de Bolsillo

Sinopsis extraída del propio libro

Jean Louise Finch evoca una época de su infancia en Alabama, cuando su padre, Atticus, decidió defender ante los tribunales a un hombre negro acusado de violar a una mujer blanca. Novela de iniciación, Matar a un ruiseñor muestra una comunidad, la del sur de Estados Unidos durante la década de 1930, dominada por los prejuicios raciales, la desconfianza hacia lo diferente, la rigidez de los vínculos familiares y vecinales, así como por un sistema judicial sin apenas garantías para la población de color.
Con esta primera y única novela, la estadounidense Harper Lee ganó el premio Pulitzer em 1961. En 1962, el director Robert Mulligan la llevó a la pantalla en una inolvidable película que obtuvo dos Oscar de la Academia: al mejor guión (Horton Foote) y al mejor intérprete masculino (Gregory Peck).

Datos sobre la autora extraídos del propio libro

Harper Lee nació en Monroeville (Alabama, EEUU), en 1926. En 1931, un conflicto racista acontecido en la localidad vecina de Scottboro conmocionó a la sociedad estadounidense. Lee, testigo indirecto de los hechos, se inspiró en este suceso para escribir su única novela conocida, Matar a un ruiseñor, convertida hoy en un clásico de la literatura norteamericana del siglo XX. Amiga personal de Truman Capote, Lee decidió retirarse del mundanal ruido cuando alcanzó la fama. En 2007, recibió la Medalla Presidencial de la Libertad de Estados Unidos por su carrera literaria.


Matar a un ruiseñor es, a día de hoy, de los pocos libros que he releído. La primera vez fue hace dos años, y este 2016 el cuerpo me ha pedido volver a hacerlo.
No se si será por la estrecha relación y aplicabilidad que inevitablemente encuentro con el mundo educativo o porque es una niña la que narra la historia, a través de su inocencia, toques de humor, curiosidad y lucidez. Pero lo cierto es que la obra de Harper Lee me emociona a cada capítulo, consiguiendo que lea las últimas páginas con lágrimas en los ojos. Y es que este libro, para mí, y al margen de contenidos históricos, políticos y sociales, habla de moral, y habla de la diferencia. De esa diferencia que -en el período en que está ambientada la novela- se resume en un conflicto étnico, pero continúa visible hoy en las actitudes de muchos seres humanos hacia esa diversidad existente en el mundo. 
Me gusta también el hecho de que la familia protagonista sea una familia monoparental (con ese eterno Atticus Finch, siempre buscando hacer lo mejor), y que retrate la situación de la mujer en aquella época. 
Un libro que esconde tras su título una metáfora maravillosa, con unos personajes que te llevan a empatizar sin darte cuenta y diálogos que te hacen reflexionar.

Algunas de mis frases preferidas son las que dejo por aquí... (siempre extraídas del mismo ejemplar mencionado al inicio)

-Uno no comprende de veras a una persona hasta que considera las cosas desde su punto de vista...
-¿Cómo es eso?
-...Hasta que se mete en el pellejo del otro y va por ahí como si fuera ese otro.

Te digan lo que te digan, no permitas que te hagan perder los nervios. Procura luchar con el cerebro, para variar...

Cuando un niño te pregunte algo, contéstale. Los niños son niños, pero descubren una evasiva con mayor presteza que los adultos, y las evasivas solo sirven para atontarles.

Tienen derecho a creerlo, ciertamente, y tienen derecho a que se respeten sus opiniones -contestó Atticus-, pero para poder vivir  con otras personas tengo que poder vivir conmigo mismo. La única cosa que no se rige por la regla de la mayoría es la conciencia de uno.

Los ruiseñores solo se dedican a cantar para alegrarnos. No estropean los frutos de los huertos, no anidan en los arcones del maíz, no hacen nada más que derramar su corazón, cantando para nuestro deleite. Por eso es pecado matar un ruiseñor...

De cuando me gradué (10/06/2016)

Todavía recuerdo cuando allá, por tercero de ESO, me dije: “quiero ser profesora”. 
No sé muy bien cómo, o porqué, pero lo sentía dentro de mí. Sabía que los peques me hacían sonreír, me imaginaba levantándome una mañana para ir al colegio a compartir el día con 25 de ellos, y realmente tenía ganas de hacerlo. Lo hubiese cambiado sin pensarlo dos veces por la clase de física, matemáticas o lengua. Pero es cierto, en realidad, lo que la Rebeca de tercero de ESO os diría es que quiere estudiar educación infantil porque le gustan los niños/as. Así de sencillo, y a su vez, así de simplista. La Rebeca que llegó a la facultad el primer año de carrera no era muy diferente. Seguía teniendo su infancia como la mejor etapa de su vida, y quizá por ello, por amor a recuerdos pasados, por buenos recuerdos, estaba allí, asustada, insegura y expectante, en el aula de la segunda planta, rodeada de caras desconocidas.
Soy de las que piensa que el cambiar de carrera es una posibilidad estupenda, que está siempre ahí si sientes que estás fuera de lugar, o que en lo que te has matriculado no es lo que esperabas… sobre todo cuando el sistema está –siempre bajo mi punto de vista- tan mal organizado que no tienes prácticas hasta el tercer año, y hasta que no lo vives en tus propias carnes no sabes cuáles son tus límites y cuáles tus ganas, y no puedes ser capaz de ponerlas en una balanza (pero todo eso es ya otro tema en el que no me apetece entrar, porque hoy es un buen día). El caso es que yo, desde que tuve mis primeras clases en la universidad, entrando en teoría, entrando en autores, encontrándome por suerte con algún que otro profe que me ha enseñado muchísimo, supe que aquello me gustaba. Que también me interesaba. Que poco a poco pero rápidamente, me llenaba. Y puedo decir de corazón que a día de hoy me apasiona. Cuatro años después de aquella incerteza, digo feliz que me apasiona el mundo educativo, con sus cosas buenas, y sus cosas malas. Me apasiona la infancia, y me apasiona hasta el punto de querer cambiarla en todos aquellos aspectos que todavía quedan por mejorar. Y por eso quiero ser profesora.
Quiero ser un apoyo y una guía. Quiero ser seguridad, empatía y cariño.
Quiero ser creativa, imaginativa y sorprendente. Quiero que los peques tengan ganas de entrar corriendo en clase, de querer ir al cole un lunes, de sentir curiosidad.
Quiero ayudarles a comprender sus emociones y a tratar con ellas. Que sepan vivir, no que sean felices. Que entiendan que la vida es sentirse contento, triste, frustrado o nervioso, pero no estar siempre alegres. Y que todo ello puede ser positivo si sabemos trabajarlo.
Quiero hacer de un aula un mundo nuevo. Quiero repensarla todos los días, a todas horas: cómo mejorar, cómo llegar a…, qué cambiar, qué dejar, qué eliminar. Dar al ambiente educativo el papel que creo debe tener.
Quiero ofrecer normas y libertad. Deberes y derechos. Quiero que exista la capacidad de ser, de expresarse, y de actuar de manera autónoma e independiente. De no sentirse juzgado. Pero también quiero que haya respeto y amor, que seamos conscientes de que vivimos en sociedad, y de que la libertad de uno acaba donde empieza la del compañero.
Quiero ser capaz de atender a la diversidad, a las necesidades individuales de cada uno. Enriquecernos con nuestras diferencias. E intentar llegar a cada una de esas diferencias de la manera más adecuada posible.
Quiero escuchar. ¡Cuánta falta hace escuchar a la infancia! Y quiero más: quiero que otros la escuchen, quiero que los peques sepan que tienen que ser oídos, y que tienen voz. Quiero que quieran tener voz, y que quieran ser escuchados. Y si se hace complicado, quiero que sepan que ahí voy a estar yo, luchando con y por ellos, por sus derechos, que tanto se olvidan…
Y quiero, por tanto, saber lo que ellos quieren, o lo que no. Ser esa persona que aprende junto a ellos, no la que enseña en el sentido tradicional de la escuela y la palabra.
Quiero que jueguen. Muchísimo. Que disfruten de sus tres, cuatro y cinco años…
Quiero estar siempre en constante cambio. No quiero dejar de aprender nunca, de formarme nunca, de autoanalizarme y de tender a la mejora. Porque la escuela es sociedad, y la sociedad está en constante cambio también.
Quiero querer a las familias. Quiero que sean parte de esto, que no haya barreras. Quizá que haya límites, porque cada uno es profesional en su campo, pero que entendamos que juntos, colaborando y dialogando, es el único modo en que los peques saldrán beneficiados. Y que es muy interesante la cooperación, porque tenemos mucho que aportarnos. Y que también para ellas quiero estar ahí, dando de nuevo seguridad y empatía.
Quiero trabajar en equipo. Con más profes y con el personal del cole. Quiero aprender de mis compañeros, y poder dejar que aprendan de mí. Intercambiar vivencias, opiniones… debatir, quizá discutir a veces, pero siempre tratando de dar lo mejor de mí, y de obtener lo mejor de los demás.
Quiero que mi aula esté abierta a la comunidad. No quiero que el cole sea algo aislado de la realidad que se vive fuera de él. Quiero que el cole sea vida. Un reflejo y una proyección de ella.
Quiero estar motivada, ilusionada, esperanzada. No quiero perder nunca de vista mis utopías. Y aunque me canse, quiero recordar que tengo una labor importante, una labor educativa y social, que ayude a crecer a las personas del hoy y del mañana.
Y quiero equivocarme. Porque así es como aprenderé, y porque el error es natural, es necesario y no es algo malo. Sino todo lo contrario. Y quizá por eso lea todo esto en unos años y esté en desacuerdo conmigo misma, o me haya olvidado de poner tantas y tantas cosas que quiero, porque lo cierto es que quiero muchas. En este terreno sí soy ambiciosa.
Y, ¿sabéis? Quiero ser la mejor en lo mío. Pero como pude escuchar decir hace poco a Mar Romera: “ya soy la mejor en lo mío”. Y eso nadie me lo puede discutir. Porque si doy siempre lo mejor de mí misma, mi cien por cien, mis cinco sentidos y el corazón, estoy siendo mi mejor versión. Así que sí, voy a ser la mejor en lo mío.
Y después de este manifiesto, no puedo acabar mi discursito sin decir que han sido cuatro años efímeros, y que han sido sin duda mi mejor etapa hasta el momento. He llorado, me he enfadado, me he frustrado y ha habido adversidades por el camino. Pero nunca he abandonado. Siempre he sido capaz de convertir las cosas malas en motor. Y estoy orgullosísima de cómo lo he hecho. Ha habido también muchas risas, alegrías y momentos de euforia. Me he ido diez meses fuera de España, y en ese período he madurado como nunca en mi vida, he hecho verdaderas amistades, y he aprendido que el cien existe, y es algo que también quiero: no olvidar nunca que el cien está ahí.
Y, por supuesto, he pasado estos cuatro años junto a personas maravillosas que no cambio por nada. Algunas son amigas, otras compañeras, unas están ahí desde primero, otras desde hace poco, pero son personas de las que me voy a acordar siempre, a las primeras que buscaré cuando mire la orla de aquí a diez años, y personas que serán compañeras de profesión, de las cuales me encantará aprender en un futuro, y estar en contacto. No es necesario que os nombre, porque sabéis quienes sois; incluso estoy segura de que hay personas en las que estoy pensando que no saben que pienso en ellas, pero que sí, que os tengo mucho cariño a todos, que me habéis dado una etapa estupenda, de la que me quedo con cosas buenas. Así que gracias y enhorabuena.
Hoy me gradúo y solo pienso en una cosa: quiero ser profesora.

Recuperando palabras (14/07/2015)


UNA VITA

[…] Saborear, conocer, y llegar a vivir la independencia.

Calles en las que te sentías perdida pasan a ser las calles por las que te encanta perderte.


El idioma que desconocías ahora te impide recordar palabras de tu lengua natal.

Una ciudad nueva es hoy lo que llamas hogar, lo que llamas casa, lo que llamas rutina, lo que llamas “tu sitio”, “tu lugar”.

Personas que entran por fuerza en tu vida, a las que un día miraste por primera vez preguntándote si encajaríais, como serían… Son las personas que ni por fuerza vas a dejar marchar ya y a las que te encantaría poder seguir mirando muchos meses más.

Tener el dinero justo para llegar a fin de mes, pero viajar todo lo posible.

Ver. Descubrir. Entender. Llorar. Reír (mucho, muchísimo). Tener miedo. Dudas. Inseguridades. Certezas. Metas. Ilusiones. Alegrías. Sueños. Sinceridad. Locuras.

Aprender, por todas partes, de todas las maneras posibles, a todas horas.

Construir una vida, una familia de amigos; un tiempo único, mágico, especial e irrepetible concentrado en una burbuja de diez meses.

Tener un plan para cada segundo del día, aprovechando al máximo todo lo que te ofrece este momento.

En mi caso, en nuestro caso, dada la localización, incorporar los helados a nuestra dieta de manera permanente: durante las cuatro estaciones.

Acabar hasta el gorro de la pasta y la pizza, aunque siempre hubiésemos pensado que eso sería imposible.

Tomar cappuccino en invierno todos los días de la semana, y más de una vez al día.

El erbazzone, el parmigiano, la panacotta, el aperitivo, el lambrusco, las piadinas y la Moretti.

Tener más probabilidades de ser atropellado por una bicicleta que por un coche.

Andar por la carretera tanto o más que por la acera.

Las casas de tres o cuatro plantas, que te dejan ver el cielo sin levantar demasiado la vista; las fachadas de colores que te hacen sentir que paseas por un cuadro.

Los gestos de la gente, gestos para todo, para cualquier emoción. Pero gesticular. Eso es lo importante.

Ir a clase, no enterarte de la mitad y aburrirte mucho a veces, pero otras, ir a clase y salir contenta, porque sí te has enterado y te sientes realizada.

Salir de fiesta. Por aquí, por allá, por tu ciudad, por otra ciudad… festejar siempre: porque aprobamos, porque suspendemos, porque es fin de semana, porque hay un cumple, porque estamos vivos y nos apetece.

Haber visto nevar. Y haberte enamorado de las plazas cubiertas como si el suelo estuviese lleno de nata.

Emocionarte cuando hay ofertas en el súper. Y comer poco pescado porque es demasiado caro.

Echar de menos España cuando los locales cierran a las siete.

Habituarte al horario: comer temprano, cenar temprano. Para algunos con la fuerza de voluntad necesaria (y no me incluyo) también madrugar. E irse antes a dormir.

Hacer prácticas y encariñarte con las personas que te han enseñado y guiado. Y (en el caso de las de magis) comerte a besos a los niños en el cole.

Acabar teniendo un bar (no te olvidaremos Scheri!), un sitio habitual, que te conozcan los camareros como si fueses una más en la ciudad desde hace mucho.

Empezar un lunes comprando billetes de avión a Sardegna y tomar el sol en la terraza a falta de una playa.

Hacer cenas de “cada-casa-aporta-algo” en las que nadie habla los cinco primeros minutos porque solo queremos comer.

Bajar a hacerse unas birras a las siete de la tarde, y volver a casa a las dos o tres de la mañana.

Aprender a escuchar a nuestro cuerpo un poco más (Gracias Lau).

Discutir a veces, pero darte cuenta de que hacen falta dos puntos de vista para tener una buena perspectiva ante cualquier situación. (Gracias Paula).

Reír continuamente, bailar continuamente, cantar continuamente y transmitir solo alegría. (Gracias Llorens).

Que te lleven por la mala vida –o buena- tomándote un vino blanco un lunes a las ocho de la tarde. Y cantar Raúl como si tuviese los mayores éxitos del siglo XXI. (Gracias Joan. Sin tonterías: por estar siempre dispuesto a pasarlo bien y a hacernos pasar buenos ratos a los demás. Por tus metáforas y tus teorías y, en fin, voy a ponerme algo cursi: por ser “nuestro chico”).

Ser feliz. Aprender a serlo, a hacer cosas que te hacen realmente feliz, cuando sabes que te apetece hacerlas y con quien tú realmente quieras compartirlas. Y aprender a decir “no”, y a mimarte un poco más, a quererte un poco más, porque eres única en el mundo, y eso es algo que a veces se nos olvida, y eso es algo que en ocasiones consideramos egoísta cuando realmente solo se trata de cuidarnos primero nosotros para poder cuidar a los que tenemos alrededor. Y que no vale decir “ya lo se”, no vale decir “¿qué hago?” o “no puedo”. Solo valen los “sí”, los “quiero y lo hago”. Así que gracias a ti también, Libe, porque me has enseñado mucho, y como tú bien sabes, eres muy grande para ser la peque del grupo. Y lo que ante todo admiro de ti es tu cabecita. Porque vale oro.

Y, bueno, cómo no, es convivir con personas que aún siendo diferentes a ti te complementan. Hacen que sientas que no estás sola, hacen que sientas que tienes siempre a quien acudir, y hacen de hermana mayor –porque a estas alturas está claro que compartimos un progenitor y no lo sabíamos-. Personas con las que has vivido 24 horas, siete días a la semana durante diez meses. Las que te conocen como si fuesen tu madre y sin las que, sinceramente, no se ya cómo vivir. De ti, sin duda alguna, admiro tu bondad. Porque eres el mayor pedazo de pan que he conocido. (Qué decirte a ti, Marta, que tanto he aprendido contigo!!!) […]


Todo esto, y lo que se me escapa, y lo que no se cómo explicar, y lo que directamente no quiero explicar, es Erasmus.
Es, al menos, de manera brevísima, representando un 1% de lo que realmente es y de cómo lo he sentido, lo que ha sido para mí vivir esto. Y es que es así: ha sido. Porque ya ha acabado. Pero supongo que lo he escrito en presente porque no quiero asimilar que ha llegado a su fin, y lo siento tan cercano, tan real y tan intenso que no quiero ni puedo decir adiós. No puedo ni quiero dejar esto. No puedo ni quiero estar contenta porque la situación ahora mismo sea la que es.

Hace un año jamás me hubiese imaginado que podría estar escribiendo algo así, porque jamás me hubiese imaginado que iba a tener el valor de aceptar una aventura como esta. Y si de algo estoy orgullosa es de haber dado el paso. Ese ha sido mi primer reto al tomar esta decisión y me aplaudo a mí misma por llegar hasta aquí.

Muchos pueden contar lo que es la experiencia Erasmus. Y todas son diferentes entre ellas, con tantos matices, tantos detalles, tanto que no se puede poner en palabras… Pero como todo en esta vida, hay que vivirlo para saber lo que se siente. Que te lo cuenten no es absolutamente nada comparado a lo que te puede llenar el vivirlo en primera persona.

Me llevo mucho. Muchísimo. Me llevo tanto en tantos aspectos diversos que en diez meses he madurado más que en veinte años. No soy la misma. Ya no. Y no lo voy a volver a ser. He cambiado. Ha habido un “clic”, una explosión, mi corazón es más grande, mi mente está más abierta, mis ganas de vivir son más fuertes. Es un cambio interior que solo yo noto, que quizá desde fuera no se aprecie, pero es el cambio que ha existido y que ya forma parte de mí y de quien soy ahora. Y sinceramente, soy una mejor versión de mi misma. Y eso también me enorgullece.

He aprendido que el cien existe. Que hay cien oportunidades, cien comienzos, cien finales, cien modos de reinventarse, cien maneras de ver el mundo, cien mundos por descubrir, cien personas que marquen tu vida, cien formas de sentirse. Cien, siempre cien. Y después de haberlo aprendido e interiorizado no voy a dejar nunca que nada ni nadie me robe noventa y nueve.

Así que sin más, porque poco me queda por decir, y pocas maneras se me ocurren para decir todo lo que llevo dentro, GRACIAS.
Gracias a las personas, más que nada, más que a nadie. Gracias a todas y cada una de las personas con las que he compartido esta experiencia, porque habéis sido parte de esta maravillosa aventura y sois el motivo principal por el cual lo he disfrutado tanto, y sois las personas que desde hoy tengo repartidas por la península, en lugares que jamás pensé que fuesen a ser importantes para mí y, sin embargo, (vaya cosas tiene la vida!), me siento ya una más en Euskal Herria, en Valencia, en Cataluña, en Andalucía o en Aragón… y no os imagináis las ganas que tengo de visitar cada una de ellas!!! Y las ganas que tengo de que vengáis también a ver mi Galicia!!

Grazie anche a Nadia e Stefania, è stato bellissimo conoscervi e mi avete fatto ridere tantissimo questi ultimi mesi. Siete due ragazze veramente carine e spero rivedervi qualche volta. In bocca al lupo per tutto nella vostra vita, perché lo meritate. Un bacione gigante belle!!! E grazie per aiutarmi col mio italiano, ho imparato un sacco grazie a voi.

Grazie anche a Letizia. Per te veramente non ho delle parole. Ci conosciamo da pochissimo e ci abbiamo visto solo 3 o 4 volte ma sei stata così importante per me e hai un pezzo enorme del mio cuore. Mi hai fatto sentire benissimo all’università da quel primo giorno in cui abbiamo parlato e non mi dimenticherò mai di te. Sai che c’è un posto e una casa per te a A Coruña!

Grazie a Giulia per essere così carina con tutte noi. Anche se ci conosciamo da poco sai che puoi venire in Spagna sempre perché ti vogliamo già tantissimo bene. Ci vedremo per forza!

Grazie Marco per essere pazzesco come sei e farci ridere tantissimo. Ci vediamo a Barcelona! In bocca al lupo per il tuo erasmus! Che la vita è un flusso. E chi si ferma è morto.

Grazie in generale a tutta quella gente che ho conosciuto a Reggio di tantissimi posti diversi della Italia. Per piccola che sia stata una conversazione, per un semplice sorriso... mi avete fatto sentire a casa.

Thanks to my Johanna. My sweet sweet Jo. For every moment and every laugh. For every night and for try to teach me german. I love you so much and I will always have you in my heart. I will do my best so we can see each other again.

Y, sin más, ya sabeis que cada uno de vosotros me ha aportado algo aquí, sea en mayor o menor medida, pero lo habéis hecho. Mención especial a mi Maldición Gitana, a mis “putucas”-españolas por el mundo, al Dream Team y a mi SuperFamilia. Vi voglio bene!!!! Quérovos!!!! Maite zaituztet!!! Os quiero!!!

No sé cómo serán las cosas a partir de ahora, y sé que va a ser un poco duro y que me costará un tiempo asimilar todo esto, y adaptarme al nuevo comienzo en mi vida de siempre, pero también he confirmado que es posible empezar de cero todos los días que lo necesites, que el pasado está ahí pero no condiciona el futuro, porque lo mejor siempre está por llegar, y que lo más importante y preciado que hay es el HOY y el AHORA. Que si quiero, puedo vivir todos los días de mi vida.
Que si todo a tu alrededor lo ves bonito, de la manera más positiva que puedas, recibes lo mismo que estás transmitiendo.
Que somos los dueños de nuestra vida. Y que esto, en sí, ha sido y es ya una vida de la que he sido y soy dueña.


“L’erasmus non è un anno nella vita. È una vita in un anno”.


Te llevaré siempre conmigo, Reggio, bonitiña.